¿Una casa? ¿Dos? ¿Con los abuelos? 2 expertos analizan el panorama y ofrecen consejos para que la convivencia sea exitosa.
Yolanda Veiga, 10/05/2026
La casa no sostiene al niño, sino sus padres. Por eso, cuando una pareja se divorcia no importa tanto dónde van a vivir los hijos, sino cómo se van a entender los padres». La advertencia la hace Ander González de Mendibil, psicólogo sanitario y psicoterapeuta.
Él y su colega Miguel Hierro Requena, mediador familiar y profesor asociado de la Universidad Autónoma de Madrid, analizan los modelos organizativos más habituales cuando una pareja con hijos en común se separa.
Casa nido
Se llama así al domicilio familiar cuando los hijos se quedan siempre ahí y sus padres rotan. «Que los niños sigan manteniendo su espacio, su habitación, sus juguetes... ayuda y también lo hace el que no tengan que moverse». Pero aquí acaban las ventajas, a juicio de González de Mendibil.
Casa nido
Se llama así al domicilio familiar cuando los hijos se quedan siempre ahí y sus padres rotan. «Que los niños sigan manteniendo su espacio, su habitación, sus juguetes... ayuda y también lo hace el que no tengan que moverse». Pero aquí acaban las ventajas, a juicio de González de Mendibil.
«Para los padres es complicado. Si los 2 adultos pueden permitirse adquirir otra vivienda cada uno para vivir cuando no les toque estar con los niños es más llevadero, pero si, además de la casa nido, tienen que compartir un 2º piso donde se turnan para vivir es muy complejo. ¿Dónde pone cada uno sus fotos, sus libros... si tiene que compartir el espacio por semanas con su ex?».
Un modelo de custodia adaptado a la edad del niño
Aunque la organización de custodia más habitual en caso de divorcio son las semanas alternas (1 semana con cada progenitor), este modelo no siempre funciona, advierte el psicólogo y mediador familiar Miguel Hierro. «Los niños de 0 a 3 años, que están en la etapa de apego, pueden acusar estar una semana entera sin ver a uno de sus padres. La relación con los adultos les da seguridad y les protege, pero, si está 7 o 10 días sin ver a su padre o a su madre, la relación de apego se diluye». Cuando ya no son bebés pero siguen siendo pequeños, romper la alternancia de semanas no es mala idea tampoco. «La mayoría de padres divorciados lo reajustan de manera razonable.
En algunos casos, sobre todo si alguno o los dos trabaja a turnos, no les queda otro remedio y, otras veces, lo hacen porque quieren. Así, aunque una semana le toque con la madre, el padre les recoge el martes y pasan la tarde juntos, o les va a buscar a la salida de inglés...». Asegura el experto que ha visto «organizaciones rocambolescas que funcionan muy bien». Porque la cuestión no es tanto cuánto tiempo pasan con cada uno, sino la relación que mantienen los ex. «Solo van a poder proporcionar estabilidad a los hijos si ellos transmiten que están bien». Por eso, «no es buena idea tampoco seguir juntos 'por los niños'», advierte Miguel Hierro.
La cuestión se complica, advierte Hierro, «cuando los adultos divorciados tienen nuevas parejas que también viven en esas casas». La casa nido, señala el psicólogo, «se veía mucho hace 10 o 15 años, pero cada vez menos».
Dos casas
Hoy lo más habitual es que un adulto se quede en la casa familiar y el otro se mude a otro piso. Considera González de Mendibil que «es la alternativa que genera mayor percepción de equidad y de equilibrio tanto para padres como para hijos». En este caso, «habrá que evitar que el piso al que se traslada el adulto que sale de la casa familiar se vea por parte de los niños como 'el piso malo'. Al no tener la solera familiar del otro, habrá que redoblar esfuerzos por generarla». Propone el especialista «dejar que los niños participen eligiendo cuarto, poniendo fotos, incluso las mismas fotos que tienen en la otra casa». Entre los inconvenientes, «el tránsito de los niños y lo que eso implica: tener muchas cosas por duplicado, llevar la mochila de una casa a otra continuamente... con los consiguientes olvidos», indica.
Todos bajo el mismo techo
Suele ser esta una solución transitoria: «A veces, se ven obligados a seguir viviendo juntos, pero es un poco irreal». Y polémica. Por un lado, advierte González de Mendibil, «puede dificultar el duelo de los padres»; y, por otro, «genera mucha confusión en los niños. Es muy difícil que entiendan que sus padres se han divorciado si siguen cenando todos juntos como antes, ven la televisión juntos... ¿Qué significa entonces? ¿Solo que no tienen relaciones sexuales?».
La casa de los abuelos
Otra solución transitoria nada excepcional es que el adulto que sale de la casa familiar se vaya a vivir con sus padres hasta que pueda mudarse a otro piso. Y, con él (o ella), los niños cuando le toquen. «Es una modalidad que genera muchos inconvenientes porque obliga a un ejercicio constante de convivencia y negociación», advierte Miguel Hierro. Una «dificultad añadida» que lo es más cuando los chavales son adolescentes. «Para los abuelos es más fácil entenderse con su nieto de 5 años que con el de 15». ¿Y cómo lo viven los abuelos? «Quieren ayudar pero les exige un esfuerzo porque pierden autonomía, espacio y calidad de vida. Es una prueba para ellos. Pueden estar a gusto con su hijo (o hija) y con los nietos, pero no van a vivirlo como algo alegre porque el divorcio no es alegre».
Dos casas
Hoy lo más habitual es que un adulto se quede en la casa familiar y el otro se mude a otro piso. Considera González de Mendibil que «es la alternativa que genera mayor percepción de equidad y de equilibrio tanto para padres como para hijos». En este caso, «habrá que evitar que el piso al que se traslada el adulto que sale de la casa familiar se vea por parte de los niños como 'el piso malo'. Al no tener la solera familiar del otro, habrá que redoblar esfuerzos por generarla». Propone el especialista «dejar que los niños participen eligiendo cuarto, poniendo fotos, incluso las mismas fotos que tienen en la otra casa». Entre los inconvenientes, «el tránsito de los niños y lo que eso implica: tener muchas cosas por duplicado, llevar la mochila de una casa a otra continuamente... con los consiguientes olvidos», indica.
Todos bajo el mismo techo
Suele ser esta una solución transitoria: «A veces, se ven obligados a seguir viviendo juntos, pero es un poco irreal». Y polémica. Por un lado, advierte González de Mendibil, «puede dificultar el duelo de los padres»; y, por otro, «genera mucha confusión en los niños. Es muy difícil que entiendan que sus padres se han divorciado si siguen cenando todos juntos como antes, ven la televisión juntos... ¿Qué significa entonces? ¿Solo que no tienen relaciones sexuales?».
La casa de los abuelos
Otra solución transitoria nada excepcional es que el adulto que sale de la casa familiar se vaya a vivir con sus padres hasta que pueda mudarse a otro piso. Y, con él (o ella), los niños cuando le toquen. «Es una modalidad que genera muchos inconvenientes porque obliga a un ejercicio constante de convivencia y negociación», advierte Miguel Hierro. Una «dificultad añadida» que lo es más cuando los chavales son adolescentes. «Para los abuelos es más fácil entenderse con su nieto de 5 años que con el de 15». ¿Y cómo lo viven los abuelos? «Quieren ayudar pero les exige un esfuerzo porque pierden autonomía, espacio y calidad de vida. Es una prueba para ellos. Pueden estar a gusto con su hijo (o hija) y con los nietos, pero no van a vivirlo como algo alegre porque el divorcio no es alegre».
Un modelo de custodia adaptado a la edad del niño
Aunque la organización de custodia más habitual en caso de divorcio son las semanas alternas (1 semana con cada progenitor), este modelo no siempre funciona, advierte el psicólogo y mediador familiar Miguel Hierro. «Los niños de 0 a 3 años, que están en la etapa de apego, pueden acusar estar una semana entera sin ver a uno de sus padres. La relación con los adultos les da seguridad y les protege, pero, si está 7 o 10 días sin ver a su padre o a su madre, la relación de apego se diluye». Cuando ya no son bebés pero siguen siendo pequeños, romper la alternancia de semanas no es mala idea tampoco. «La mayoría de padres divorciados lo reajustan de manera razonable.
En algunos casos, sobre todo si alguno o los dos trabaja a turnos, no les queda otro remedio y, otras veces, lo hacen porque quieren. Así, aunque una semana le toque con la madre, el padre les recoge el martes y pasan la tarde juntos, o les va a buscar a la salida de inglés...». Asegura el experto que ha visto «organizaciones rocambolescas que funcionan muy bien». Porque la cuestión no es tanto cuánto tiempo pasan con cada uno, sino la relación que mantienen los ex. «Solo van a poder proporcionar estabilidad a los hijos si ellos transmiten que están bien». Por eso, «no es buena idea tampoco seguir juntos 'por los niños'», advierte Miguel Hierro.

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