domingo, 2 de octubre de 2016

LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN: ¿Cerraste las piernas?

La agresión en grupo a una menor en la Mercè y la denuncia de la concejala Maria Rovira ponen bajo el foco un asunto enquistado: los ataques sexuales contra las mujeres. En el Día Mundial de la No Violencia, nos planteamos por qué persisten.
NÚRIA MARRÓN, Domingo, 2 de octubre del 2016
 ¿Cómo pudo ser que el mismo tipo que ya en el 2005 admitió, bajo juramento, haber comprado un sedante para administrarlo a las mujeres con las que quería tener relaciones sexuales pudiera mantener intacta su sonrisa? En julio del 2015, la revista ‘New York Magazine’ llegó al quiosco con la portada «35 mujeres hablan sobre las agresiones de Bill Cosby, y la cultura que no quiso escucharlas». Apenas unos meses atrás, una biografía monumental no dedicaba ni una línea a investigar las denuncias que oficialmente arrastraba desde el 2004 y extraoficialmente desde los años 70. «Mi esperanza es que otras mujeres abusadas no se vean intimidadas a callar por culpa de los ricos, famosos y poderosos», dijo Barbara Bowman, la mujer que abrió fuego.
La comandante Zaida Cantera denunció por acoso sexual a su superior, Isidro Lezcano-Mújica, que fue condenado a 2 años y 10 meses de cárcel. La militar dejó el Ejército y fue fichada como nº 6 de Pedro Sánchez. Durante el proceso, el acusado fue ascendido a coronel, lo que llevó a que PP y PSOE tramitaran una enmienda para poder degradar a los militares condenados. Por cierto, que el sentenciado denunció sin éxito a Cantera por injurias.
Tras sufrir una agresión en la calle, la concejala de la CUP denunció puntos ciegos de la atención policial y el código penal: los agentes le comentaron  que los agresores «son enfermos», y le preguntaron si la habían intentado robar. «Entonces podríamos poner que es un intento de hurto con violencia y sería un delito más grave». «Me quedé estupefacta de que la pena fuera superior cuando se sustrae un objeto inanimado que cuando se ataca el cuerpo de una mujer».
Los abogados del entonces director del FMI, Dominique Strauss Kahn, lograron que la fiscalía de Nueva York retirara los cargos por la presunta violación de esta limpiadora. Tras su denuncia, el ‘New York Post’ la llamó prostituta y analistas incluso hablaron de conspiración política. Sin embargo, otras mujeres, desde estudiantes hasta subordinadas y periodistas, completaron el retrato de DSK como predador sexual y lo abocaron a su tumba política.
Shonali había ido a una boda y había estado hablando con un invitado. Tras unas copas, se lo llevó a casa. Y tras unas caricias, quiso parar. Algo no le gustaba. ¿Y si dormían? Durmieron. Pero a las 4:00 de la mañana, se despertó con su invitado «encima y dentro». «Quería chillar. Empujarlo. Pero no podía. Estaba paralizada. Y el tiempo no pasaba, era un bucle sin fin». La eternidad acabó, pero ella siguió en shock. ¿Pero qué has hecho? ¿Estás loco?, le chilló. Él dijo que lo sentía, que pensaba que ella quería, que estaba teniendo problemas. Shonali tardó un rato en darse cuenta de que no había usado preservativo -«yo, que siempre lo he utilizado»- y aún más en admitir que había sufrido una violación. «¿Entiendes qué te ha pasado?», le dijo la enfermera cuando fue a hacerse pruebas médicas y explicó que había tenido una relación sin condón ni consentimiento.
La pregunta abrió las compuertas de una realidad que entró en tromba y que ella, aún conmocionada, se negaba a mirar. «Durante horas no pude parar de llorar. Y del llanto pasé al pánico, la vergüenza, la culpa. La sentía hasta en los huesos. Durante mucho tiempo, repasaba los hechos y pensaba en qué momento erré; decidir qué me ponía era un mundo, y hacer planes o coger el metro, como subir el Everest. No dormí durante 3 años. Cada noche me despertaba, agarrotada, a las 4:00 de la mañana». La policía no investigó el caso; de hecho, la responsabilizaron. Y ella, sola, asumió su recuperación. Hoy, 6 años después, está bien: vive tranquila y es capaz de decir que aquella madrugada, sobre su cama, no hubo más culpable que su agresor (...)