sábado, 17 de septiembre de 2016

Cuba: Hoteles para divorciados

Diana Castaños/Especial para CubaSí. Jueves, 15.09.2016
Cuba está cambiando. El otro día entré, por pura curiosidad, a un hotel que queda en las afueras de La Habana, casi llegando a la Novia del Mediodía. Resultó ser un hotel privado.
Los dueños del negocio, un matrimonio sextagenario con caras de buena gente, me aseguraron que en ese hotel se priorizaba la atención al cliente como en pocos sitios de Cuba.
Que se hacía la habitación 3 veces al día. Que el personal del hotel se aprendía el nombre y los gustos del cliente al momento de este inscribirse, y que donde quiera que uno iba, le tenían preparado un trago o le regalaban un souvenir.
Además, que el precio del sitio era diferente para cada inquilino, porque era un hotel temático. ¿Qué es eso?, pregunté. Es un hotel con un público y un tema; este, por ejemplo, es un sitio para recién divorciados, todas las personas aquí tienen eso en común.
—Sabemos que hay divorcios que dejan a los excónyuges «pelados» —me explicaron—. Además, como todos tienen una misma cosa en común, les es fácil hacer amigos aquí. Y amigos es todo lo que uno necesita cuando se pasa por un divorcio.
Me ofrecieron café con miel y me sentaron en el lobby. Había música de Frank Sinatra en el fondo. Era un sitio agradable.
—Uno de nuestros huéspedes actuales es abogado —comentó el esposo—, ayuda a los demás en sus trámites legales de divorcio.
—Tenemos ahora otro huésped —mencionó la señora— que es médico. Receta todo lo que uno le pide para superar ese momento.
Ya sabes, querida: clordiazepóxido, nitrazepam…
—Y usted, ¿qué es? ¿Qué hace? —quiso saber el esposo.
—¿Yo?… yo escribo.
—¡Ah, qué bien! Ayudará a los huéspedes con sus notas de suicidio.
Lo miré para ver qué parte del chiste era realidad.
—Bueno... —aclaré—, yo no me voy a hospedar aquí… solo vine a preguntar. No soy una divorciada.
Pero el dueño dibujó un ademán con la mano, que le hacía caso omiso a mis palabras.
—No estés tan segura. En la vida siempre pasamos por algún tipo de divorcio —dijo el hombre, y me entregó la tarjeta del local.
El matrimonio me pidió entonces que los acompañara por las distintas instalaciones de su negocio. No me pude negar. Entre la amabilidad de ellos y mi curiosidad natural, me sentía metida de lleno en el asunto.
Fuimos a un gimnasio en el que par de personas sostenían bandejas con bebidas refrescantes y una muchacha ofrecía toallitas para que los clientes se secaran el sudor. Pasamos en el recorrido por una sala de wifi que, según los dueños, era manejada por un graduado de la UCI.
Después de visitar todo el hotel, nos sentamos en la tumbona de la piscina. El matrimonio hablaba, y yo —gajes del oficio— saqué mi grabadora y presioné el botón de record. Esto fue lo que grabé:
«El país está cambiando. Uno, a lo mejor, no puede cambiar el viento, pero sí puede poner las velas de tal manera que se pueda aprovechar su dirección. Las cosas que pasan hoy son distintas. Se abren nuevas posibilidades y hay personas que captan esas posibilidades para utilizarlas y favorecen el desarrollo de la vida, siempre a favor de la esencia humana. Si uno no se pone para eso y se duerme en los laureles, los demás nos pasan por delante. Dentro de 20 años no te va a molestar lo que hiciste, sino lo que no hiciste. Es más, eso es mucho, ¡dentro de 5 años! Entonces, hay que despegar alas. El país está cambiando. ¡Pero hay quien ni se ha dado cuenta!»