viernes, 21 de enero de 2011

La familia en problema y los problemas de las familias

http://revistaecclesia.com/content/view/23066/48/
Conversaciones sobre la familia en problema y los problemas de las familias



Jueves, 20 de enero de 2011. Paloma Fernández, Delegación de Medios de Comunicación Social de la diócesis de Getafe.
Cuando aún están resonando los ecos de la Misa por la familia en la Plaza de Colón celebrada el pasado 2 de enero hemos decidido hablar con 2 expertos:
1.- Ignacio García-Juliá, Director General del Foro Español de la Familia, e
2.- Inocente García de Andrés, Director del Secretariado de Familia de la Conferencia Episcopal Española (1996-2005) y Delegado de Pastoral Familiar de Diócesis hasta 2010, para saber la opinión de la Iglesia sobre los problemas a los que se enfrenta la familia hoy en día y las nuevas situaciones traumáticas que van surgiendo en el seno de las mismas y que llevan a muchos católicos al sufrimiento y la desesperación.
Hablamos de divorcio, de los hijos, de la soledad.

Estracto de la Entrevista a:
Ignacio García-Juliá,Director General del Foro Español de la Familia
La Iglesia se enfrenta a nuevos problemas que van adquiriendo dimensiones considerables. Estamos hablando de separados y divorciados católicos:
¿Qué papel desempeñan dentro de la Iglesia?
Con el drama actual de las rupturas familiares es evidente que tenemos la obligación de proponer soluciones.
No podemos permanecer indiferentes ante tanto dolor familiar escudándonos en que "a nosotros no nos pasa".
La pastoral de separados y divorciados no está, a nuestro juicio, sufientemente desarrollada. A las personas que hayan sufrido este drama familiar hay que transmitirles con intensidad que la Iglesia es Madre, y una Madre acoge a sus hijos con sus virtudes y sus defectos, y mucho más si se encuentran en situación de desamparo.
Pero esta acogida no puede ser a costa de una falsa doctrina o de una relajación de las normas morales que son, por definición, para todos y en todo tiempo, y que están encaminadas al bien.
Flaco favor haríamos a los separados y divorciados si les dijéramos que "no pasa nada" y que "nada ha cambiado".
Una Madre ama, pero también corrige. Una Madre ama, pero también endereza conductas. Si estas personas se ven acogidas y queridas, será el primer paso para que sientan el Amor de la Iglesia.
El Sacramento del perdón sigue vigente y hay que transmitírselo, pero insisto, sin endulzar situaciones ni hacer dejación de Doctrina.


¿Sigue habiendo un puesto para ellos en la Iglesia?

Por supuesto que hay un puesto para ellos.
Lo contrario sería tanto como decir que la Misericordia de Dios tiene límites.
Ellos son los que podrán transmitir con más intensidad a otros en su misma situación que la alegría de sentirse hijos de Dios es superior a sus vicisitudes humanas.
Si de verdad nos creemos que el Amor de Dios todo lo puede, tenemos que empezar a decirlo. Tienen que empezar a decirlo los mismos que lo han experimentado ante una desgracia como es la ruptura familiar.


Otro problema es el de los hijos de padres separados o divorciados.
¿Qué aconseja la Iglesia en estos casos?
La custodia compartida, aunque no está siendo bien comprendida por las muchas fuerzas sociales que están usando este concepto.
A continuación esquematizo nuestra postura al respecto:
a) En el debate sobre custodia del menor en casos de rupturas matrimoniales, no se puede olvidar que el interés a defender es el del menor, el hijo.
Y conviene aprovechar para recordar que esas rupturas siempre son dramáticas para los niños y ésta es una de las razones para que los cónyuges luchen por el matrimonio, pidiendo ayuda si la necesitan antes de llegar a la ruptura.
b) Producida la ruptura, es evidente que lo mejor para el niño es seguir contando con su papá y su mamá de forma armónica, es decir, la custodia compartida.
Pero esto solo funciona bien si los padres separados son capaces de mantener un clima de diálogo, de compartir criterios sobre sus hijos, de no meterlos en sus peleas ni manipularlos para enfrentarlos al otro; si son capaces de verdad de poner el interés del menor por encima de cualquier otra cosa.
Y esto a veces no es posible precisamente por la dinámica de enfrentamiento que genera el proceso de separación/divorcio.
c) En la práctica los jueces suelen dar la custodia de los menores a la madre y, por tanto, ésta se queda también con la vivienda familiar y recibe pensión compensatoria del otro cónyuge. Es decir, el marido se queda, sin hijos, sin casa y teniendo que pagar a la otra parte.
Por eso, en general, hasta ahora la defensa de la custodia compartida la han hecho las asociaciones de padres separados y divorciados y quienes se han opuesto han sido las asociaciones de feministas.
Nosotros no debemos entrar en esas peleas, sino apostar por el niño y lo que en cada caso sea mejor para él.


¿Cómo debe actuar un católico que se enfrenta a un divorcio impuesto, en el que le pueden dar la custodia al otro cónyuge, cuando él ha hecho todo lo posible por no divorciarse y además la otra parte está cerrada al diálogo?

Desafortunadamente el caso que citas es muy común.
Las leyes y los jueces de familia tienen hoy un claro sesgo hacia el beneficio de la mujer en los casos de separación y divorcio.
Con esto tenemos que convivir hasta que podamos cambiar las cosas.
En eso estamos, en cambiar una justicia con minúsculas a una Justicia con mayúsculas.
Si el católico ha hecho todo lo que ha estado en su mano para llegar a una reconciliación y que los hijos sufran lo menos posible la separación de sus padres, ya ha hecho todo lo que cabía hacer. Sólo queda tener paz en el alma y rectitud de intención.
Tener siempre presente que el bien de los hijos es la más alta meta de un padre responsable y a cuyo fin debe deponer toda mira personal.
Intentar siempre evitar discusiones estériles y aislar a los hijos de toda rencilla y rencor hacia el otro cónyuge.
Rezar mucho y cuando ya creamos que hemos rezado todo, seguir rezando.
La generosidad y la rectitud de intención siempre es recompensada.


Por último, si conocemos a una mujer que esté en este trance y que vea que tiene todo a favor, hay que hacerle ver que no debe aprovecharse de una situación a todas luces injusta. Precisamente la parte más beneficiada por estas leyes injustas debe ser la parte que más generosidad ofrezca.
No hay felicidad si es a costa de la desgracia ajena.
Puede ser que a corto plazo creamos que sí, pero no cabe duda que se llevará una vida desdichada, ya que nadie nunca ha alcanzado la felicidad a costa de la desgracia ajena.

Entrevista con D. Inocente García de Andrés, Director del Secretariado de Familia de la Conferencia Episcopal Española (1996-2005) y Delegado de Pastoral Familiar de Diócesis hasta 2010.
La Iglesia se enfrenta a nuevos problemas que van adquiriendo dimensiones considerables. Estamos hablando de separados y divorciados católicos
¿Qué papel desempeñan dentro de la Iglesia? ¿Sigue habiendo puesto para ellos?
Por supuesto. La Iglesia es maestra que enseña y propone la verdad sobre el hombre y sobre el matrimonio y la familia, pero es también madre.
Y separados y divorciados son hijos suyos, como lo son todos los "pobres", es decir todos los que, por diversos motivos, han visto rota su vida, han fracasado en su proyecto de amor, les falta el trabajo o el pan necesario, etc.
Las familias rotas tienen que saber que, igual que van a la Iglesia a pedir ayuda en situaciones de pobreza material para recibir alimentos, etc. también deben acudir a la Iglesia cuando pasan por situaciones difíciles en su vida de matrimonio: para ello, la Iglesia ha ido creando en los últimos tiempos una extensa red de Centros de Orientación Familiar (COF).


Otro problema es el de los hijos de padres separados o divorciados
¿Qué aconseja la Iglesia en estos casos?
La Iglesia está en contra del divorcio, y especialmente del divorcio "expres", porque considera que lo primero que hay que hacer, en una situación de crisis matrimonial, es ayudar al matrimonio a recuperar el proyecto de vida que les llevó al compromiso, al "contrato", a la entrega de amor del uno al otro.
Todo lo que se haga desde la Iglesia y desde la Sociedad - también desde las leyes - por fortalecer los lazos matrimoniales y familiares, es un bien para todos.
Si definitivamente la ruptura se produce, hay que pensar en los hijos, victimas inocentes del egoísmo e individualismo de los mayores.
La separación y el divorcio no son nada bueno, son un mal, son un fracaso; pero los hijos son la parte más débil, y sus derechos deben ser protegidos por las leyes.
Los hijos necesitan un padre y una madre.
El padre y la madre siguen siéndolo, aunque estén legalmente separados.
Las leyes tienen que buscar el bien de los hijos, y, a no ser por circunstancias graves, no se les debe privar de la relación con su padre y su madre separados, ni tampoco de sus abuelos paternos o maternos.


¿Cómo debe actuar un católico que se enfrenta a un divorcio impuesto, en el que le pueden dar la custodia al otro cónyuge, cuando él ha hecho todo lo posible por no divorciarse y además la otra parte está cerrada al diálogo?
En la actualidad, me parece que las leyes son discriminatorias en favor de la madre.

A tu pregunta contesto que, querer al hijo, es buscar su bien, y que el bien del hijo es seguir teniendo relación con su padre y con su madre, con los 2.
En el caso que me propones, el padre debe ser siempre padre y defender su derecho a seguir manteniendo una relación estrecha con su hijo.
La razón es el bien del hijo que sigue necesitando la presencia viva del padre y de la madre, para su crecimiento y maduración.
La formula jurídica más adecuada, parece ser la de la custodia compartida.